Raúl entro al bar arrastrando su desgana, le molestaba el ambiente cargado de humo y humanidad. El cansancio del asqueroso día en la oficina le hacía teenr la impresión de estar deslizándose sobre los peldaños que descendían desde el umbral en lugar de estar moviéndose de manera voluntaria hacia dentro. Sus compañeros de trabajo ya estaban sentados en la mesa del rincón que solían ocupar habitualmente.
Las risas escandalosas de Marta destacaban sobre la cacofonía que saturaba el ambiente tanto como el humo. Raúl fijo su vista en ella mientras se aproximaba a la mesa. En su ovalado rostro enmarcado en el negro pelo ondulado destacaban sus carnosos labios que como de costumbre estaban pintados de un rojo vivo. Estaba riendo de nuevo, sonora, descarada, sensual. La espuma de la cerveza que estaba bebiendo marcaba una línea blanca en esos labios turgentes, incitadores, atrayentes. La sombra de su apatía perdía toda su fuerza frente al embrujo de esa boca.
- Rives, siéntate por aquí hombre- El graciosillo de Tomás Aldán ya estaba empujándole hacia la otra punta de la mesa, lejos de Marta. – Jefe, otra ronda, pero esta vez que sean siete cañas y dos tintos, ¿tú querías caña no?-
Daba igual, yo lo que quería era sentarme junto a Marta y no a tú lado capullo.
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