La tarde transcurrió entre la sonoridad de Marta y las gracietas de Aldán y de Carlos Díez, el nuevo fichaje de comercial. Raúl intentó abstraerse de Marta y hacer un esfuerzo para mostrarse sociable entablando una estúpida conversación son Silvia, la rubita bajita de desarrollo que estaba a su lado, pero esa tía era imposible, una seta. Al final, casi como si hubieran llegado a un acuerdo tácito, los dos se ignoraron y se concentraron en sus respectivos vasos y en las conversaciones del resto.
El reloj pasó de las nueve, la gente comenzó a marcharse. Marta empezó a despedirse gesticulante.
–Bueno guapísimos me marcho – comentó mientras se levantaba en un movimiento fluido colocándose el pelo del flequillo con un gesto casual de la mano derecha mientras se colgaba el bolso con la izquierda.
– Raúl, tengo que ir a tu barrio, si quieres te llevo- Joder que si quería, mataría por ir con ella.
– No te molestes, puedo coger el bus aquí al lado- ¿Qué demonios estoy diciendo? Soy un estúpido.
- No, sino es molestia, además, así podemos charlar y se nos ameniza el camino- Con esos labios reina, podrías amenizar lo que te propusieras.
lunes, 4 de enero de 2010
lunes, 14 de diciembre de 2009
Sonisa carmesí I
Raúl entro al bar arrastrando su desgana, le molestaba el ambiente cargado de humo y humanidad. El cansancio del asqueroso día en la oficina le hacía teenr la impresión de estar deslizándose sobre los peldaños que descendían desde el umbral en lugar de estar moviéndose de manera voluntaria hacia dentro. Sus compañeros de trabajo ya estaban sentados en la mesa del rincón que solían ocupar habitualmente.
Las risas escandalosas de Marta destacaban sobre la cacofonía que saturaba el ambiente tanto como el humo. Raúl fijo su vista en ella mientras se aproximaba a la mesa. En su ovalado rostro enmarcado en el negro pelo ondulado destacaban sus carnosos labios que como de costumbre estaban pintados de un rojo vivo. Estaba riendo de nuevo, sonora, descarada, sensual. La espuma de la cerveza que estaba bebiendo marcaba una línea blanca en esos labios turgentes, incitadores, atrayentes. La sombra de su apatía perdía toda su fuerza frente al embrujo de esa boca.
- Rives, siéntate por aquí hombre- El graciosillo de Tomás Aldán ya estaba empujándole hacia la otra punta de la mesa, lejos de Marta. – Jefe, otra ronda, pero esta vez que sean siete cañas y dos tintos, ¿tú querías caña no?-
Daba igual, yo lo que quería era sentarme junto a Marta y no a tú lado capullo.
Las risas escandalosas de Marta destacaban sobre la cacofonía que saturaba el ambiente tanto como el humo. Raúl fijo su vista en ella mientras se aproximaba a la mesa. En su ovalado rostro enmarcado en el negro pelo ondulado destacaban sus carnosos labios que como de costumbre estaban pintados de un rojo vivo. Estaba riendo de nuevo, sonora, descarada, sensual. La espuma de la cerveza que estaba bebiendo marcaba una línea blanca en esos labios turgentes, incitadores, atrayentes. La sombra de su apatía perdía toda su fuerza frente al embrujo de esa boca.
- Rives, siéntate por aquí hombre- El graciosillo de Tomás Aldán ya estaba empujándole hacia la otra punta de la mesa, lejos de Marta. – Jefe, otra ronda, pero esta vez que sean siete cañas y dos tintos, ¿tú querías caña no?-
Daba igual, yo lo que quería era sentarme junto a Marta y no a tú lado capullo.
martes, 16 de septiembre de 2008
Parte VI: La Huida
Ismael Ortega corría a trompicones avenida abajo. Apretaba un fajo de billetes dentro del bolsillo de su empapado forro polar con una mano, sujetando la capucha con la otra.
¿Qué ha pasado?...¿Qué ha pasado?
Dios sabe que no quería hacer daño a ese chulo de Márquez, pero saco una puta pistola de su bolsillo. No sabía que había pasado, el eco de un fogonazo todavía reverberaba en sus tímpanos pero tenía el dinero, solo le quedaba correr.
FIN
¿Qué ha pasado?...¿Qué ha pasado?
Dios sabe que no quería hacer daño a ese chulo de Márquez, pero saco una puta pistola de su bolsillo. No sabía que había pasado, el eco de un fogonazo todavía reverberaba en sus tímpanos pero tenía el dinero, solo le quedaba correr.
FIN
Parte V: El grito
Lucía estaba recostada en el sillón; hacía más de dos horas que caminaba entre el sueño y la vigilia, pero hoy tenía que esperara a Mario. Las dos líneas paralelas rosadas que tenía marcadas en el predictor que sostenía en la mano derecha, explicaban la sonrisa que se adivinaba en las comisuras de sus labios.
Destrozando la placidez del momento, unos golpes y jadeos en la puerta de su apartamento rompen la quietud de la madrugada. Lucía se incorpora sobresaltada y se acerca cautelosamente a la entrada.
Cuando esta aproximando cautelosamente a la puerta, una tremenda explosión retumbó en sus oídos, el test cayó de su mano perdiéndose su sonido en el eco que retumbaba en todo el edificio. Tras unos instantes de quietud vacía, sigilosamente se deslizó los pocos metros que le quedaban hasta la puerta y miró a través de la mirilla, el descansillo estaba vacío. Un olor que reconocía aunque no identificaba se percibía desde dentro de su apartamento. Abrió la puerta cautelosamente y asomó la cabeza.
El grito de Lucía volvió a romper la quietud de la noche. Su marido, Mario Márquez estaba tumbado frente a la puerta. Un charco de sangre que parecía partir de su ojo destrozado estaba comenzando a rodear su figura. Sobre el rojo oscuro y denso de la sangre, destacaba el brillo de un Smith&Wesson del calibre .38 con una doble M entrelazada grabada en las cachas.
Destrozando la placidez del momento, unos golpes y jadeos en la puerta de su apartamento rompen la quietud de la madrugada. Lucía se incorpora sobresaltada y se acerca cautelosamente a la entrada.
Cuando esta aproximando cautelosamente a la puerta, una tremenda explosión retumbó en sus oídos, el test cayó de su mano perdiéndose su sonido en el eco que retumbaba en todo el edificio. Tras unos instantes de quietud vacía, sigilosamente se deslizó los pocos metros que le quedaban hasta la puerta y miró a través de la mirilla, el descansillo estaba vacío. Un olor que reconocía aunque no identificaba se percibía desde dentro de su apartamento. Abrió la puerta cautelosamente y asomó la cabeza.
El grito de Lucía volvió a romper la quietud de la noche. Su marido, Mario Márquez estaba tumbado frente a la puerta. Un charco de sangre que parecía partir de su ojo destrozado estaba comenzando a rodear su figura. Sobre el rojo oscuro y denso de la sangre, destacaba el brillo de un Smith&Wesson del calibre .38 con una doble M entrelazada grabada en las cachas.
jueves, 11 de septiembre de 2008
Parte IV: La Sombra
El encapuchado esperaba bajo la plomiza lluvia en las sombras que creaba la marquesina frente al club. La pared de ladrillo era rugosa y fría y el forro polar estaba totalmente empapado. No lo notaba, estaba absorto en la luz que proyectaba la farola de diseño vanguardista sobre la acera. Su victima pasaría por allí tarde o temprano, solo había que tener paciencia.
La gente que, trasnochadora, pasaba a su lado y por azar o curiosidad dirigía la vista hacia el lugar donde se encontraba, desviaba la mirada y apretaba el paso, adivinaban algo siniestro en el personaje.
Un relámpago rasgo la noche iluminando su rostro. El brillo indefinible de la locura se adivinaba en las sombras que proyectaba la capucha sobre sus ojos. El resto del rostro era una máscara griega de indiferencia
La gente que, trasnochadora, pasaba a su lado y por azar o curiosidad dirigía la vista hacia el lugar donde se encontraba, desviaba la mirada y apretaba el paso, adivinaban algo siniestro en el personaje.
Un relámpago rasgo la noche iluminando su rostro. El brillo indefinible de la locura se adivinaba en las sombras que proyectaba la capucha sobre sus ojos. El resto del rostro era una máscara griega de indiferencia
Parte III: La desesperación
- Mire Ortega lo siento mucho, pero créame no es nada personal.-el supervisor le miraba desde detrás de su escritorio con una expresión indiferente- Tras la fusión existe duplicidad en muchos puestos y la dirección ha decidido que el suyo es uno de ellos.
Sentado en el banco de piedra en el pequeño jardín frente al imponente rascacielos donde estaba la oficina, Ismael Ortega tenía la mirada perdida en las marcas de agua del cheque que le habían entregado como liquidación.
En la calle, estaba en la puta calle, despedido y no tenía ni la más remota idea de hacia donde dirigir sus pasos. Dios, que diría Mari Carmen cuando se enterase. Estaba perdido.
Márquez observaba desde un rinconcito del parque la desesperación de Ortega con una fría indiferencia. Vaya, así que no había sido el único damnificado en la fusión. Pobre diablo ese Ortega, estaba destrozado, en su cara de jilipollas estaban empezando a rodar las lágrimas de unos ojos con mirada perdida, al borde del abismo de la locura. No le sorprendería que se volara la tapa de los sesos de un tiro.
Un gesto de fría determinación cambió el semblante de Márquez; él no caería, no era un mierda, era fuerte, una roca, saldría adelante, no se hundiría como ese infeliz que parecía que estaba al borde de la desesperación.
Sentado en el banco de piedra en el pequeño jardín frente al imponente rascacielos donde estaba la oficina, Ismael Ortega tenía la mirada perdida en las marcas de agua del cheque que le habían entregado como liquidación.
En la calle, estaba en la puta calle, despedido y no tenía ni la más remota idea de hacia donde dirigir sus pasos. Dios, que diría Mari Carmen cuando se enterase. Estaba perdido.
Márquez observaba desde un rinconcito del parque la desesperación de Ortega con una fría indiferencia. Vaya, así que no había sido el único damnificado en la fusión. Pobre diablo ese Ortega, estaba destrozado, en su cara de jilipollas estaban empezando a rodar las lágrimas de unos ojos con mirada perdida, al borde del abismo de la locura. No le sorprendería que se volara la tapa de los sesos de un tiro.
Un gesto de fría determinación cambió el semblante de Márquez; él no caería, no era un mierda, era fuerte, una roca, saldría adelante, no se hundiría como ese infeliz que parecía que estaba al borde de la desesperación.
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