El encapuchado esperaba bajo la plomiza lluvia en las sombras que creaba la marquesina frente al club. La pared de ladrillo era rugosa y fría y el forro polar estaba totalmente empapado. No lo notaba, estaba absorto en la luz que proyectaba la farola de diseño vanguardista sobre la acera. Su victima pasaría por allí tarde o temprano, solo había que tener paciencia.
La gente que, trasnochadora, pasaba a su lado y por azar o curiosidad dirigía la vista hacia el lugar donde se encontraba, desviaba la mirada y apretaba el paso, adivinaban algo siniestro en el personaje.
Un relámpago rasgo la noche iluminando su rostro. El brillo indefinible de la locura se adivinaba en las sombras que proyectaba la capucha sobre sus ojos. El resto del rostro era una máscara griega de indiferencia
Suscribirse a:
Enviar comentarios (Atom)
No hay comentarios:
Publicar un comentario