"Sé lo que estas pensando, te preguntas si he disparado seis o sólo cinco veces, pero teniendo en cuenta que este es un Magnun del .45, el mejor revólver del mundo, capaz de atravesarte de un disparo, ¿no deberías sentirte afortunado, vago?" (Harry el sucio)

martes, 16 de septiembre de 2008

Parte VI: La Huida

Ismael Ortega corría a trompicones avenida abajo. Apretaba un fajo de billetes dentro del bolsillo de su empapado forro polar con una mano, sujetando la capucha con la otra.
¿Qué ha pasado?...¿Qué ha pasado?
Dios sabe que no quería hacer daño a ese chulo de Márquez, pero saco una puta pistola de su bolsillo. No sabía que había pasado, el eco de un fogonazo todavía reverberaba en sus tímpanos pero tenía el dinero, solo le quedaba correr.

FIN

Parte V: El grito

Lucía estaba recostada en el sillón; hacía más de dos horas que caminaba entre el sueño y la vigilia, pero hoy tenía que esperara a Mario. Las dos líneas paralelas rosadas que tenía marcadas en el predictor que sostenía en la mano derecha, explicaban la sonrisa que se adivinaba en las comisuras de sus labios.
Destrozando la placidez del momento, unos golpes y jadeos en la puerta de su apartamento rompen la quietud de la madrugada. Lucía se incorpora sobresaltada y se acerca cautelosamente a la entrada.
Cuando esta aproximando cautelosamente a la puerta, una tremenda explosión retumbó en sus oídos, el test cayó de su mano perdiéndose su sonido en el eco que retumbaba en todo el edificio. Tras unos instantes de quietud vacía, sigilosamente se deslizó los pocos metros que le quedaban hasta la puerta y miró a través de la mirilla, el descansillo estaba vacío. Un olor que reconocía aunque no identificaba se percibía desde dentro de su apartamento. Abrió la puerta cautelosamente y asomó la cabeza.
El grito de Lucía volvió a romper la quietud de la noche. Su marido, Mario Márquez estaba tumbado frente a la puerta. Un charco de sangre que parecía partir de su ojo destrozado estaba comenzando a rodear su figura. Sobre el rojo oscuro y denso de la sangre, destacaba el brillo de un Smith&Wesson del calibre .38 con una doble M entrelazada grabada en las cachas.

jueves, 11 de septiembre de 2008

Parte IV: La Sombra

El encapuchado esperaba bajo la plomiza lluvia en las sombras que creaba la marquesina frente al club. La pared de ladrillo era rugosa y fría y el forro polar estaba totalmente empapado. No lo notaba, estaba absorto en la luz que proyectaba la farola de diseño vanguardista sobre la acera. Su victima pasaría por allí tarde o temprano, solo había que tener paciencia.
La gente que, trasnochadora, pasaba a su lado y por azar o curiosidad dirigía la vista hacia el lugar donde se encontraba, desviaba la mirada y apretaba el paso, adivinaban algo siniestro en el personaje.
Un relámpago rasgo la noche iluminando su rostro. El brillo indefinible de la locura se adivinaba en las sombras que proyectaba la capucha sobre sus ojos. El resto del rostro era una máscara griega de indiferencia

Parte III: La desesperación

- Mire Ortega lo siento mucho, pero créame no es nada personal.-el supervisor le miraba desde detrás de su escritorio con una expresión indiferente- Tras la fusión existe duplicidad en muchos puestos y la dirección ha decidido que el suyo es uno de ellos.
Sentado en el banco de piedra en el pequeño jardín frente al imponente rascacielos donde estaba la oficina, Ismael Ortega tenía la mirada perdida en las marcas de agua del cheque que le habían entregado como liquidación.
En la calle, estaba en la puta calle, despedido y no tenía ni la más remota idea de hacia donde dirigir sus pasos. Dios, que diría Mari Carmen cuando se enterase. Estaba perdido.
Márquez observaba desde un rinconcito del parque la desesperación de Ortega con una fría indiferencia. Vaya, así que no había sido el único damnificado en la fusión. Pobre diablo ese Ortega, estaba destrozado, en su cara de jilipollas estaban empezando a rodar las lágrimas de unos ojos con mirada perdida, al borde del abismo de la locura. No le sorprendería que se volara la tapa de los sesos de un tiro.
Un gesto de fría determinación cambió el semblante de Márquez; él no caería, no era un mierda, era fuerte, una roca, saldría adelante, no se hundiría como ese infeliz que parecía que estaba al borde de la desesperación.

jueves, 4 de septiembre de 2008

Parte II: La esposa

Lucía levantó la mirada hacía el reloj de pared, era tarde, muy tarde y Mario todavía no había llegado. El zumbido del televisor parecía un eco lejano, lo apagó, no le interesaba la crema de baba de caracol. Tenía un ligero dolor de cabeza y se levantó a la cocina a por una aspirina y un café, le esperaría despierta.
Desde hacía más de un año, coincidiendo con su cambio de trabajo, Mario llegaba de madrugada una o dos veces al mes. Lucía había sospechado que tenía una aventura y le había sometido a un marcaje férreo, esperando encontrar alguna prueba que confirmara sus sospechas.
- No seas ridícula, las videoconferencias con San Diego comienzan casi de noche y sabes que se prolongan varias horas.- sus ojos eran francos.
Lucía había buscado marcas, restos de carmín, había olfateado sus ropas, incluso le había hecho meter los huevos en el bidé lleno para ver si flotaban en el agua. Nada, casi estaba convencida de que Mario le contaba la verdad.
Mientras el aroma del café calentándose llegaba a sus fosas nasales despertando sus sentidos escuchó la puerta y fue presurosa a recibirle. La cara de Mario, el gesto cansado, los hombros caídos, la mirada un tanto dispersa y la sombra de la barba no parecían salidas de ningún tipo de juerga u orgía. ¿Cómo podía haber sospechado de él? Lucía le abrazó sin mucha fuerza, besó calidamente su frente y le preguntó si quería algo con la voz un tanto enronquecida.
- Dormir cariño, sólo dormir.

miércoles, 3 de septiembre de 2008

Parte I: El jugador


El jugador extendió sin vacilación la mano derecha hacia el cenicero. Cogiendo entre los dedos el pitillo se lo llevó a los labios inhalando profundamente, de manera sostenida. Restos aún incandescentes de ceniza cayeron sobre la mesa sin que nadie se percatara de ello, toda la atención se centraba en los ojos del jugador y en el Smith&Wesson del calibre .38 que reposaba brillante en la mesa.
En un gesto fluido, el jugador arrojo el cigarro, agarró el revolver, hizo rodar el tambor con su mano izquierda y sin que acabara de terminar el giro, amartilló el arma en su sien.
Tras unos instantes que parecieron eternos, un destello cruzó la mirada del jugador mientras apretaba con violencia el gatillo.
- ¡Click!
El sonido metálico reverberó en el ambiente contenido de sala rompiendo el silencio para dar paso a una sucesión de jadeos y murmullos.
De nuevo había ganado.
Guardo el revolver en el bolsillo derecho de su impecable americana, los billetes en su bolsillo izquierdo y con una mirada de desprecio en su rostro de media sonrisa salió de la sala con paso firme.